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Espiritualidad y Eneagrama en el mundo empresarial (Segunda Parte)

Por Mario Sikora

En la primera parte de este artículo, manifesté mis preocupaciones sobre discutir la espiritualidad cuando se utiliza el Eneagrama en el mundo empresarial. Mi primera preocupación fue con la falta de claridad del adjetivo “espiritual”.

En concreto, “espiritualidad” tiene, para mucha gente, connotaciones sobrenaturales: afirmaciones sobre la realidad o la experiencia que no pueden demostrarse por medios naturales. También dejé claro que una vez que uno cruza la línea entre lo natural y lo sobrenatural, entrega argumentos de que está en el césped de la religión. Y expuse la existencia de asuntos de cuidado éticos y legales respecto a introducir religión en los programas de capacitación en los entornos laborales, al menos en los EE.UU., y que prefiero mantenerme bien lejos del nido de las avispas. (Algunos harán distinción entre ponerse “espiritual” y ponerse “religioso”; aunque aprecie mucho el intento de hacer diferencia entre estos términos, cualquiera de ellos podría traer problemas con las directrices federales que expuse en la primera parte del artículo).

También he planteado un problema filosófico con el esencialismo neoplatónico que está en el corazón de mucha enseñanza sobre el Eneagrama, y la creencia relacionada con la existencia de un yo “falso” y un ser “verdadero”.

Muchos profesores del Eneagrama afirman que nuestra personalidad o eneatipo es de alguna manera un sustituto de la carencia o de la herida de un aspecto del ser “real” (o Esencial) y que si podemos de algún modo sacar de escena lo falso, a través de ello brillará lo real. Aunque esto puede ser una metáfora con alguna utilidad, muchos asumen esta creencia en las Esencias de la forma más literal. Yo creo que esto tiene consecuencias y que el foco en el esencialismo puede ser una distracción del trabajo real sobre uno mismo.

Así, hay dos razones por las cuales el esencialismo es problemático:

La primera razón es simple veracidad e integridad intelectual: dado que el Eneagrama tiene sus raíces en una tradición de personas que se auto-denominaban “buscadores de la verdad”, debería importarnos mucho si lo que creemos y enseñamos a otros es o no verdad.

La segunda razón es la eficacia: si lo que buscamos es producir un cambio en nosotros mismos o en los demás, nuestros esfuerzos serán apoyados por una comprensión exacta de la naturaleza de la condición humana o la inexactitud al respecto será un gran obstáculo.

Como expuse en la primera parte de este artículo, hay dos maneras de utilizar la palabra “esencia”. La primera, que distingo como “esencia”, con e minúscula es una palabra inexacta que se esfuerza por capturar el corazón de algo difícil de describir. En lenguaje coloquial, utilizamos esencia cuando intentamos identificar un elemento clave o característico de una persona o de una cosa. El otro uso al que voy a referirme como Esencia (con e mayúscula), se trata de una palabra que tiene un significado propio y específico en filosofía; hace referencia a la enseñanza de Platón acerca de las “Ideas” o “Formas”.

En su intento de explicar por qué las cosas imperfectas comparten propiedades comunes, Platón afirmó que debe haber un plano más allá de nuestra experiencia normal donde las propiedades existen de una forma perfecta, sin adulteración alguna. A este plano lo llamó el reino de las Formas, o de los Ideales, o de las Esencias. (Note por favor, cómo voy a utilizar cada uno de estos términos en este artículo, porque tienen un significado un poco diferente; sin embargo, tal cual ocurre con los nombres de los tres miembros de la Trinidad cristiana, ellos se refieren a, más o meno, la misma cosa).

La idea de Platón dominó el pensamiento occidental por casi dos milenios, y se aplicó a mucho más que la condición humana. De hecho se aplicó a todo el mundo natural cuando Aristóteles tomó el concepto de las Esencias y en él basó su concepto de “las especies”, o cosas de un mismo tipo. Aunque los griegos comprendieron que cambiar era la naturaleza de las cosas, creyeron que ellas no habían cambiado tanto, y que las cosas de una misma especie comparten una cualidad Esencial que los marca como miembros de tal especie. Incluso las cosas no inanimadas tenían Esencias. El agua —por ejemplo— tenía una “acuosidad” Esencial que ayudaba a saciar la sed de las personas y del fuego.

Como señaló John Dewey en su ensayo “La influencia de Darwin en la filosofía”, el concepto de “especie” se hizo cargo de todo “al ser aplicada la palabra a todo lo que en el universo observa un orden en su fluir y presenta constancia a través del cambio. Desde el tiempo variable de cada día, pasando por el ciclo desigual de las estaciones y el irregular retorno de la siembra y la cosecha, hasta el desfile majestuoso de los cielos -imagen de la eternidad en el tiempo- y desde todo ello a la inmutable inteligencia pura y contemplativa situada más allá de la naturaleza, en todo subyace un único e inquebrantable cumplimiento de los fines”1.

Sí, el mundo natural mostraba variación, pero variaba dentro de un rango determinado —las personas son personas, los perros son perros, las rosas son rosas; la temperatura no oscila muy por encima o muy por debajo de lo normal—, pero el rango nunca se aleja mucho de la cualidad Esencial de la especie. El mundo era como siempre había sido y como siempre será, aunque, tal vez, las cosas en él podían moverse cada vez más hacia el ideal de la especie particular.

Esta percepción acerca de cómo es y funciona el universo es comprensible; ahora sabemos que la historia del universo y de todas las cosas que en él hay, es una historia de asombroso cambio perpetuo, muy pero muy gradual, más se trata de hallazgos relativamente nuevos. Aunque nosotros sabemos las criaturas a menudo evolucionan a través de eones hacia cosas fundamentalmente diferentes en relación a sus ancestros antiguos, nuestros antepasados sólo vieron la relativa fijeza de la naturaleza. Año tras año el ciclo de las estaciones dio lugar a patrones climáticos predecibles, los niños que nacieron, aunque muy ligeramente diferentes a sus padres, eran humanos sin que cupiera duda; los robles echaron bellotas que a su tiempo crecieron hasta convertirse en nuevos árboles de roble. ¿Cómo hubieran podido, pues, sospechar que las cosas cambian de manera dramática; que en última instancia, podían llegar a ser de una clase completamente diferente? Simplemente no tuvieron nada que les indicara que así es.

La idea de las Esencias se aplicó también a conceptos como la belleza, la verdad y la bondad; se creyó que estos abstractos existían a priori (“sin antecedente”) en algún plano, y que la expresión humana de ellos era un pálido sustituto del ideal. El objetivo de la vida era aprehender de algún modo los Ideales y tratar de encarnarlos en lugar de las versiones falsas o degradadas. Un concepto que llegó a tener una fortísima influencia en la cristiandad cuando ella redescubrió a Aristóteles. El pecado se convirtió en “errarle al blanco” de lo Ideal y en que teníamos que comprender qué era, por ejemplo, la verdadera “Bondad” para poder tratar de encarnarla. La filosofía occidental terminó impregnada de la búsqueda de absolutos. Preguntas como “¿Qué es la belleza?” y “¿Qué es la verdad?” Llegaron a dominarla, basándose en la suposición de que estas cosas de veras existían “allá afuera” en algún lugar donde estaban esperando ser reveladas.

A medida que se hizo mayor nuestro entendimiento del mundo natural, la idea de las Esencias comenzó a perder su control. Al paso que aprendimos sobre química, por ejemplo, nos enteramos de que no era la “acuosidad” Esencial del agua, aquello que apagaba un incendio; eran otras dinámicas las que hacían tal trabajo. Hoy en día, pocas personas se toman en serio la idea de Esencias cuando se trata de comprender la naturaleza de las cosas. Como lo apunta Dewey, nos reiríamos de alguien que “explicara el hecho de que el opio adormece a las personas, con que es porque tiene una facultad dormitiva”.

Cuando se trata de biología, hemos llegado a comprender que la idea de “especie”, tal cual la entendía Aristóteles, está equivocada. Incluso hoy en día, los biólogos no se ponen de acuerdo acerca de qué significa ser de la misma especie, por haber evolucionado todos los seres vivos “desde una forma o desde unas pocas” (para usar la famosa frase de Darwin), y están relacionados en la enmarañada espesura de la selva de la vida. (La vida está demasiado inter-relacionada para ser concebida como un “árbol de la vida”, término que ha caído en desgracia en los campos de la biología).

Hacemos nuestra esta visión ya que podemos observar el ADN de dos individuos de una misma y determinada clase y encontrar diferencias, y podemos observar el ADN de dos miembros de clases diferentes, escogidas al azar y encontrar similitudes. En otras palabras, podemos observar el ADN de los dos chimpancés y ver la variación, y podemos observar el ADN de un chimpancé y el de una babosa, encontrando muchas más variaciones, pero aún así algunas similitudes. ¿Por qué? Debido a que todas las criaturas vinieron de la misma fuente hace un tiempo inimaginablemente remoto.

El único campo donde las personas todavía se aferran a esta idea de las Esencias es cuando se trata de comprender la naturaleza humana. Todavía abundan quienes quieran insistir en la existencia de alguna clase de cualidades perfectas, eternas, “innatas” (para usar el término de Oscar Ichazo2), en la naturaleza humana, con las cuales de alguna manera hemos perdido el contacto. Estas cualidades son nuestro “ser real” y la “personalidad” (a pesar de que uno pueda definirla) representa un “falso” sí mismo. Además se cree que estas Esencias también existen en un plano externo a lo individual, y que la manifestación individual es un reflejo de la mucho mayor Esencia, que somos una chispa individual de un fuego enorme y que de poder de alguna manera clarificar o diluir el ser falso, a través de ello el ser real brillará.

Es un pensamiento muy agradable, pero, además de que no hay evidencia real que lo sustente más allá del deseo de creer que pudiera ser verdad, hay un defecto lógico inherente al argumento que apoya la existencia de Esencias en los humanos. Es el defecto que señaló Dewey: sabemos que los humanos hemos evolucionado desde unas formas de vida muy diferentes, y que nuestra naturaleza no ha sido la misma desde el principio del tiempo. Si sabemos que nuestra naturaleza no ha sido siempre la misma, ¿cómo pueden las Esencias eternas e inmutables ser parte de nuestra naturaleza?

Aquí va otra manera de considerar esto: entre nuestros ancestros está el Australopithecus africanus, un homínido de cuatro pies de alto con un cerebro del 35% del tamaño del nuestro que vagaban por el sur de África hace unos 3,5 millones de años alimentándose de frutas, verduras y tubérculos. Si la Esencia es eterna, ¿hay que creer que un A. africanus tenía la misma naturaleza Esencial que nosotros? Parece un tanto absurdo creer que la tuviera. Y si no la tenía, ¿cómo pueden ser estas Esencias algo a priori, eterno e “innato”?

Por lo tanto, es ilógico creer que haya un ser “real” relacionado con algo externo y eterno; tal creencia carece de toda evidencia mensurable o empírica y a la vez es lógicamente defectuosa.

A pesar de estos puntos, sospecho que las personas adheridas al esencialismo no será fácil que renuncien a ello. La ironía está en que los mismos mecanismos evolutivos que demuestran la falsedad del existencialismo, explican por qué creemos que es cierto.

La evolución funciona mediante la transmisión de los rasgos que apoyan la supervivencia; pero no transmite necesariamente los rasgos que promueven la comprensión precisa del mundo (necesitamos herramientas como la lógica y la ciencia para esto). El esencialismo es una manera de pensar que ayuda a poner orden en el mundo y de veras nos permite llegar a una simple (cuando desinformada) explicación, que nos libera para pasar a asuntos más urgentes.

Por ejemplo, los niños se contentan con creer que el trueno y el relámpago son obra de los dioses, porque son incapaces de comprender el concepto de que la descarga del exceso de electrones en la atmósfera provoca el relámpago, y que el cruce de la barrera del sonido produce un estallido sónico. A medida que aprendemos los mecanismos naturales detrás del trueno y el relámpago, dejamos de lado las explicaciones sobrenaturales para ellos. Así funciona la vida —cuando nos enteramos de las explicaciones naturales, nos desprendemos de nuestras ilusiones. Por desgracia, las explicaciones empíricas para la naturaleza humana siguen incompletas y, para algunos, son poco satisfactorias emocionalmente. En ausencia de tal explicación muchos necesitan insertar una —independiente de que sea cierta o no—, en vez de ser capaces de permanecer cómodos con el misterio de lo desconocido.

El biólogo Ernst Mayr no se refirió al esencialismo como “la mano fría y muerta de Platón” por nada; ella aún nos agarra el tobillo desde la tumba. Nuestra naturaleza nos impone ser esencialistas intuitivos y usar nuestra capacidad de razonar (incluso de manera errónea); se trata de una característica de la condición humana para apoyar nuestras intuiciones basadas en la emoción. Esta sentida e intuitiva necesidad de sentido por el esencialismo hará que muchos se aferren a él, lo cual es lamentable, porque además de la veracidad hay que encarar el asunto de la eficacia. Puede haber algo de valor metafórico en el concepto del esencialismo, pero es fácil errar cuando tomamos la metáfora como verdad literal.

Hace un par de años en la celebración de un taller fui acusado de hacer un trabajo superficial, “cosmético”, porque dejaba de lado la Esencia. La crítica usó la analogía de una gota de tinto derramada sobre impoluto mantel blanco y que, por ignorar el concepto de Esencia, mi enfoque era como si pusiera un vaso sobre la mancha para cubrirla, en vez de fregar la limpia pieza. En verdad, sin embargo, si la Esencia de veras no existe, entonces el trabajo invertido en intentar fregar un mantel limpio, es un desperdicio de tiempo y energía.

Mi objetivo al trabajar con mis clientes es ayudarles a desarrollar la sabiduría, la compasión y la eficacia en el contexto de su entorno laboral, con el fin de mejorar sus relaciones, su sentido de bienestar personal y sus resultados en los negocios.

Cuando trabajo con clientes, prefiero mantenerme alejado de las ilusiones sin fundamento de que una parte de nuestra naturaleza es transpersonal e inmutable, y centrarme en lo que sabemos que es cierto: que el cambio y la transformación ocurren mejor cuando trabajamos con la arcilla que tenemos en vez de una esencia que no; que la mente está constituida por una sola cosa: las expresiones de los funcionamientos cerebrales operados por la sinapsis; y que podemos crecer con mayor efectividad cuando trabajamos con la comprensión de cómo funcionan realmente nuestros cerebros, en vez de enfocarnos en parar de dejarnos llevar por alguna supuesta “falsa” cosa, para abrazar alguna supuesta cosa “real” que en realidad no existe.

1. Nota de F. Uribe: escrito por el Dr. Dewey hace más de un siglo, así tradujo este fragmento don Ángel Manuel Faerna, editor y anotador también, del libro La miseria de la epistemología; ensayos sobre pragmatismo. Colección Clásicos del pensamiento. Editorial Biblioteca Nueva, S. L., Madrid, 2000. Contiene entre otros de John Dewey, el ensayo citado en este artículo.

2. Ver “Facetas de la Unidad”, de A.H. Almaas, página v.

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